lunes, 30 de marzo de 2015

La playa

Hay heridas que se quedan para siempre. Pueden decir que es cuestión de tiempo. Yo, que siempre he sido de acción-reacción, estoy aprendiendo a meditar y he llegado a la conclusión que no todo el mundo aprecia igual las joyas que podemos tener. Alguien con más poder decidió que la gente no volaría y debería correr a lo largo de la Tierra, porque debe ser más fácil controlar así el rebaño, y con esto nos surgió el gran problema: sabemos cuándo decimos “hola” sin embargo fuimos privados de conocer a ciencia cierta y saber cuándo nos deparará su antítesis, “adiós”. En este mes me resulta imposible reprimir las lágrimas cuando recuerdo tu presencia en cada momento de mi vida, las largas conversaciones y los buenos consejos y la impotencia de no poder tenerlos de nuevo. Pero cierro los ojos y es como si estuvieses aquí.

Eres sonrisa de oreja a oreja, eres una pipa sentado en el sofá y una jarra de agua helada en pleno enero. Eres el brazo que la ha cubierto y ella tu apoyo, eres unos ojos brillantes y las patas de gallo más atractivas del mundo. Eres el “nena deja de comer maíz que eso es para pollos” y una cuchara rebañando un plato de fabada. Eres cada salto y cada brazada en la piscina animándome a hacer otro largo, eres el mando de la televisión cada domingo en TVE1 haciéndome ver Cine de Barrio en vez de una película de acción en Antena 3. Eres la llama en cada miembro de esta familia y en nuestros principios. Eres cada partido de fútbol gritado en el salón con un buen aperitivo. Eres la envidia de todo hombre: tu pelo canoso y nada de entradas. Eres la hora del vermouth en el Al-Andalus y la mano que da de comer a Simba por debajo de la mesa. Eres un café solo con hielo durante todo el año (eh, ¡eso sí lo he heredado!) y eres unos ojos que miran por encima de unas gafas sentado en tu taburete en la nave. Eres el rechazo al bastón y un cigarrillo de L&M Light tras el desayuno y algún que otro orujo tras comer en el Jaén III un domingo en familia. Eres fundamento en nuestras vidas y en cada villancico pervertido en Navidad. Eres los nietos sentados en corrillo alrededor de tu sofá para escuchar tus historias y hacernos algún truco. Eres la cinta de Mireille Mathieu en el Ford Sierra. Eres la mejor espada de cine y una flecha en las Olimpiadas de Barcelona ’92. Eres el primero en cualquier baile y en una buena partida de ajedrez. Eres nuestra risa en cada comida familiar y el vacío en cada brindis de Nochevieja. Eres broma y carcajadas desde que te levantas hasta que te acuestas, el jaguar y el zorro con el “How are you?” “No, I’m sorry” y el “One ticket to Kentucky”, ah y comer en el KFC!! Eres un Magnum de chocolate-vainilla y unas buenas aceitunas de Campo Real. Eres recuerdo en cada persona que has conocido y una sonrisa en ellos cuando hablan de ti. Y eres nuestro orgullo cuando vemos que el resto lo hace. Eres Ultraviolet de Paco Rabanne y un pinchazo en la médula cuando la huelo. ErEres la esperanza en tu hija, la calma de tu mujer y la paciencia de tu hijo.  Eres el sol en cada uno de nosotros, aunque algunos estén más nublados que otros y eres agua (río, mar y lluvia), eres la canción de "La playa". Pero sobre todo eres corazón y eres el alma de esta familia.



PD. Esta vez la carta se ha hecho esperar un día más. Tengo miles de noticias que contarte, se me van acumulando con el paso de los años. Ayer, como de costumbre, te llevé la flor, ¿me estarías cantando “Ayer encontré la flor que tú me diste” de Gloria Estefan? Con la de veces que la cantábamos en el coche… Además, fui a llevártela al Sena (la zona al lado de la Torre Eiffel), porque la idea era llevarte una rosa blanca (como siempre) y es que ahí se concentra el monopolio de Oriente Medio con las rositas y los llaveritos, pero ya sabes que soy la Ley de Murphy personificada y ayer no había ninguno.  Pero oye, ¿cuántas veces te ha subvencionado el Ayuntamiento de París una flor la cual no conoces su nombre?

Me encantaría tenerte aquí y darte un achuchón. Te echo de menos cada uno de mis días, pero sé que te tengo conmigo y aunque no tenga la parte que pueda tocar, haría lo que fuera por volver a sentarme en tus rodillas. Te quiero Abuelo.


Tu Heidi

domingo, 25 de enero de 2015

Kilos de antigüedad

TGV Béziers - París

Quizá no debería escribir sobre ti. De hecho, desconozco absolutamente el motivo que me ha hecho acordarme de ti en este viaje en tren.
Siempre he tenido (o tuve miedo) a que me dañasen y creo que tú fuiste la primera en marcarme. Es cierto eso de que el primer amor no se olvida y precisamente el tuyo no fue un tatuaje de henna. Ya no puedo decir que me duela, ni siquiera puedo acordarme de la última vez que pasaste por mi cabeza. Pero es cierto que la herida fue profunda y una cicatriz es eso: una marca permanente, aunque el resto no la vean.
Ni tú leerás esto y la mayoría de la gente no sabrá de quién hablo. Y es que no quiero culparte, pero es cierto que sacaste una parte horrible de mi. Me dañé, me envenené de amor, de mentiras, me obsesioné. Ahora, que me encuentro en otro país, en otra ciudad completamente distinta, me acuerdo de esa niña enamorada, de las tonterías que llegó a cometer y las muchas que llegó a decir, pero también recuerdo el daño que causó a aquellos que la querían.

Pero me duele saber que no puedo querer. Tengo miedo y en mi última relación yo también envenené a mi pareja. En ese momento sabía que le haría daño, pero ahora que ha pasado el tiempo, me he dado cuenta de que, de algún modo u otro le enterré. Le enterré de la misma manera que tú lo hiciste conmigo. Me siento culpable además de una pésima persona. Y no es por nada, pero yo si debo soportarme a mi misma, porque voy a ser la única que va a vivir conmigo para toda la vida. No quiero fantasmas detrás de mi.
El verdadero problema es que, tengo miedo de haberme convertido en ti: una persona egoísta, manipuladora y avariciosa, buscando mi propio modo de vida y haciéndome la dura. Nuestra última conversación a pesar de nuestro estado de embriaguez me confirmó que tú no querías a nadie. De hecho, tú me confirmaste "Anaïs, soy yo y ya sabes que me quiero demasiado como para anteponeros". No puedo odiarme al igual que no quiero odiarte a ti, porque lo quiera o no, eres parte de mi pasado y marcaste un antes y un después en mi vida; pero tengo que reconocer que no puedo servirme del resto como hiciste tú.
Es fácil salir, sonreír y tomarse un par de copas para terminar emborrachándote de Polo Ralph Lauren o One Million contra una pared, el pintalabios corrido y el pelo enmarañado. Pero seguiría saliendo a todo correr tras cada encuentro. Me he convertido en lo último que quería: incapaz de querer por los parches que puse para tapar las heridas antiguas, que tirita a tirita hacemos muchos gramos, llegando al kilo. Kilos de tiritas antiguas. Kilos de antigüedad. Porque debo reconocer que me costó deshacerme de ti: noches llorando y culpándome. Que ahora soy incapaz de querer a la persona indicada porque me establecí un ideal "Oh, pobre de ti, que vas buscando el ideal de papi". Ahí fue cuando se me bajaron de golpe los calimochos, los cubatas y las cervezas. Seguro que hasta los chupitos: me di cuenta de lo cruel que podías llegar a ser.

Me arrepiento de haber seguido tu ejemplo y hacer caer a la pobre mosca en la telaraña. De hacerles confiar en mi y luego devorarles. Soy una viuda negra de casi un cuarto de siglo, pero lo peor es que me enseñaste a serlo llegando a la mayoría de edad. No voy a culparte: quise hacerme la viuda negra, demostrando que yo también podía ser "la chica sin sentimientos". Ahora lo que siento es haber tomado ese camino de arenas movedizas, de sábanas rojas y ojos brillantes, de manos esposadas y gargantas ahogadas, coletas altas y jadeos extenuantes. Porque me he cansado de asesinar amantes, porque muero de envidia cuando veo parejas como la que tengo enfrente, con sus suaves besos y que se quieren con la mirada. Porque yo también lo tuve y lo perdí para hacer lo que tú me enseñaste (o lo que yo quise aprender...)
Lamentablemente, las noches de hotel son efímeras, como las estrellas fugaces. Y yo quiero ser planeta. De verdad, quiero ser planeta, pero no sé cómo. No sé cómo querer porque yo ya también me quiero demasiado. Yo y mi corazón con caparazón de rocas.

Sin embargo, siempre me he preguntado si tú alguna vez te has sentido culpable como yo me he sentido este último año y medio. Y pude perdonarte, pero ahora necesito perdonarme a mi y eso no sé cómo hacerlo, porque no veo factible irme a Notre-Dame o a la Sainte Chapelle para ello. Quizá porque tú fuiste el primero en conocerme antes que yo me conociese a mi misma. Quiero dejar de estudiar presas y malgastar energías porque el tiempo no me lo va a devolver nadie. He tenido pesadillas durante ocho años donde despertaba durmiendo con mi enemigo. Es cierto que te culpé en cierta época, pero si hoy escribo esto es para darte las gracias porque quizá sí necesitaba quererme un poco más, aunque no de un modo egocéntrico como he llegado a hacer. Escribo por eso y para pedirme perdón.

Cambiar de país, compañías y verme sola me ha enseñado a valorar pero también a ser más humana. No pienso enterrar vivas a más personas porque quiero poder dormir tranquila cuando tenga sesenta años. Quiero querer y que me quieran, me he cansado de salir huyendo de camas a las seis de la mañana, quiero sentirme humana. No somos inmortales como dijiste aquel día de diciembre. Yo no quiero serlo: quiero vivir y aunque no puedo borrar lo que he hecho, ni puedo rogar perdones ni explicar los motivos por los que dañé a otros, sí puedo vivir mi presente de otro modo.
Esta es la primera y será la última vez que te escriba, porque yo necesito salvarme.

miércoles, 14 de enero de 2015

Je suis Charlie

Ejemplar Charlie Hebdo 14 enero
Charlie Hebdo: el periódico que todo el mundo deseaba esta mañana y sólo unos pocos hemos podido adquirirlo, puesto que a las 7.45 de la mañana no quedaba ningún ejemplar en todo París. Con una tirada de cinco millones, ha sido traducido a dieciséis lenguas además de exportarse a países occidentales.

Pancarta manifestación 11 enero
Hoy se cumple una semana del atentado terrorista a la redacción por parte de dos hermanos yihadistas Kouachi, debido a una publicación ofensiva en 2012. Cuando en París, muchísima población es árabe, musulmana e islámica, no dudé en preguntar y, sin embargo, nadie defendió el atentado: “en serio, ¿quién se acordaba de esa publicación de hace tres años?”, “esto ya no es que defendamos una religión, esto es terrorismo, no hay quien defienda eso”, “antes de ser francés, español, católico, musulmán o judío, somos personas. Somos seres humanos. Esto es una injusticia”. Y es que, el atentado no sólo se cobró la vida de los periodistas, sino también de policías y agentes de seguridad, además de la inestabilidad y miedo que sienten actualmente los ciudadanos judíos y musulmanes.

"Somos Charlie y somos libres"
Tras el atentado, se han llevado a cabo marchas ciudadanas y republicanas en la capital francesa, para demostrar la solidaridad con Charlie Hebdo y es resto de víctimas: de hecho, yo asistí a la manifestación del domingo 12 de enero, celebrada en Place de la République. Más de un millón y medio de personas de diferentes nacionalidades se agruparon para denunciar al terrorismo y defender la libertad de expresión (sólo en París, en otras ciudades se llegaron a registrar 2,5 millones). En el trayecto, el metro era una misión imposible: la gente no cabía y realmente íbamos como sardinas en lata. 
Salida de metro Strasbourg St-Denis
Cuando uno quería salir, teníamos que gritar para “medio-intentar” hacer hueco en ese caos, y a su salida se gritaba cuántas plazas quedaban libres (cuántas personas habían salido) y así saber cuántas podían entrar: eso no se he visto ni en el metro de Japón. Aquellos que salían nos deseaban “courage!” (ánimo/valor). El problema fue cuando nos avisaron de que la parada de metro de République (la que correspondía con el lugar de la manifestación) estaba colapsada y la habían cerrado, por lo que tuvimos que bajarnos una parada antes, donde toda LA MASA decidió acompañarnos. Salir del metro se convirtió en una verdadera cruzada, puesto que éramos cientos de personas embotelladas intentando grabar, sacar fotos, dándonos la vuelta para ver cuántos éramos.
Tras veinte minutos bajo tierra, salimos para darnos cuenta de que, la gran multitud estaba fuera.

Bandera (facilitada por Verónica Lawson)
Una de las cosas que más me emocionó nada más salir fue escuchar a todos los presentes entonar el himno francés (La Marseillese), que tiene una letra preciosa. Sentí lástima porque, lamentablemente, nosotros españoles jamás podremos cantar nuestro himno. Qué decir acerca de la cobertura: ya podía ser el apocalipsis porque no tuvimos línea desde las 14.30 hasta las 19.00, por lo que fue imposible llamar o compartir a través de las redes sociales. La red estuvo colapsada durante toda la tarde debido a la gran multitud en la zona.
Padre e hijo
Por suerte nos hizo sol y no se convirtió en una manifestación pasada por agua, por lo que decenas de banderas francesas ondeaban al viento, muchas de ellas con el eslogan “Je suis Charlie”, otros simplemente llevaban pancartas sobre la libertad de expresión o derechos, otros lápices enormes… El disgusto y el dolor se habían unido y se mascaban ese domingo. El ambiente además era realmente multicultural y había gente de todas las edades: desde padres que sostenían a sus hijos pequeños a hombros y los pequeños con carteles que rezaban “Je suis Charlie”, jóvenes que reivindicaban sus derechos, gente de avanzada edad quejándose del legado que les dejan a sus nietos…

Panorámica de la manifestación
 A los gritos de “Expression, liberté!” le siguió el movimiento de masas. Verónica y yo intentábamos avanzar entre la muchedumbre, ardua tarea para dos periodistas sin carné de prensa. Muchos árabes y musulmanes se presentaron a la manifestación y, precisamente una familia llamó mi atención: el padre portaba un cartel donde se leía “Somos una familia musulmana: también somos franceses, también somos humanos y también somos Charlie”.
Lápices "franceses" que son la vida
Era lo que realmente destacaba: ciudadanos islámicos contra la barbarie llevada a cabo la semana anterior y que se mostraban completamente abiertos y participativos en gran mayoría. Cuanto más nos acercábamos a Place de la République, el número de personas mareadas o desmayadas, seguidas del cuerpo de bomberos (Sapeurs Pompiers de Paris), la Gendarmerie o la Policía aumentaba considerablemente. Algunos incluso nos decían que no era buena idea, porque íbamos a contracorriente del resto de personas.

Place de la République
Hará poco menos de un mes que publiqué a través de Facebook e Instagram de la plaza parisina y aseguro que no tenía nada que ver un panorama con el otro: cientos de personas alrededor y decenas  de ellas subidas a la escultura monumental, con diferentes banderas y pancartas. La estatua que representa a la igualdad presentaba una cruz negra en spray en su boca. Los jóvenes gritaban “VOUS ÊTES QUI?” (¿quiénes sois?) a lo que el gentío de abajo respondía “CHARLIE!”. Me sería imposible describir lo vivido aquel día: las manifestaciones siempre me han agobiado y no he simpatizado con ellas. 
Una chica se dio la vuelta al vernos hablar y nos dijo en francés “gracias por venir desde tan lejos” a lo que la contesté “vivimos aquí”, ella sonrió tristemente y respondió “os he oído hablar español, pero igualmente gracias. Nos honra que extranjeros que viven aquí se sientan parte de nuestra sociedad y nos acompañen también en los malos momentos”.
Chica con pancarta "hippie"



Lamentablemente, el gobierno francés con otros muchos presidentes europeos no quisieron apoyar abiertamente la manifestación, sino que lo hicieron aparte. Los reyes y la plebe nunca se han dado la mano. Francia demostró sin duda ser un gran conjunto en esta situación. Como lo fuimos nosotros aquel fatídico 11-M. Qué lástima que sólo nos demos cuenta de lo poderoso que es un pueblo en este tipo de situaciones y de lo duros que pueden resultar nuestros mensajes. 

Los carteles se agitaban, las voces se alzaban más y más y nosotras acompañábamos a un París levantado cantando su himno. Ahora somos parte de Francia y también me honra decirlo. 







Agradecer a mi prima, Verónica Lawson-Vilches por la foto facilitada (la bandera francesa con el eslogan "Je suis Charlie" y la siguiente.

Porque yo también soy Charlie

jueves, 1 de enero de 2015

Imán de Año Nuevo

Reconozco que soy una bloguera un poco perezosa… Pero desde que llegué a París, la verdad es que no he parado y antes… Pues era pereza, sí, debo reconocerlo.
We´ll always have Paris

Tras todos los buenos deseos de año nuevo, la emoción, las risas y las lágrimas, me propongo a describir un poco mi llegada. Hoy se cumple un mes de mi llegada a París, por lo tanto seis meses en Francia. Medio año en la tierra vecina. La vida en París es completamente distinta a lo que había estado viviendo en el sur de Francia: el bullicio, el estrés, el transporte público, la polución, los puestecitos de crêpes y los dichosos vendedores ambulantes (a los que les contesto muy orgullosa “yo vivo aquí”. La vida es diferente y estoy acostumbrada a la ciudad, pero también echo de menos el salir a la terraza con un café y ver las montañas de Lunas. En Septiembre subí con mi primo y su tío en moto a lo alto de una montaña del valle donde viven y no puedo explicar la sensación que tuve cuando me vi allí arriba con todo el verde a mi alrededor. “En Madrid no tenéis esto, eh?”, me dijo Jérémy. Y es cierto, tenemos la Sierra de Madrid pero no es comparable a ello.
Las Monas y Lisa

Desde que he llegado a París no he parado de visitar sus calles, sus museos, sus catedrales, sus parques, ah! Y el metro, que ya me lo conozco mejor que el metro de Madrid, sinceramente. Aquí prácticamente para los menores de 26 toda atracción turística es gratuita, y cuando no, si eres residente europeo, tienes descuentos. Pero la gente aquí es muchísimo más fría que en el sur (donde se asemejan mucho a los españoles) y el tiempo atmosférico es mejor obviarlo: es imposible salir de casa sin unos guantes, una bufanda y un buen gorro. Aquí hay que decir adiós a los abrigos de trapo, puesto que tienes un 80% de probabilidades de que llueva todos los días y aunque yo salgo llueva, granice o haga el frío que haga, debo reconocer que cuando hay dos rayitos de sol disfruto como una niña pequeña. Adoro París, hay que decirlo y además el hecho de que mi prima Verónica esté aquí ayuda mucho.

Joyeux Noël en famille
Las Navidades tuve suerte de pasarlas en el sur de Francia con mi familia, donde me di cuenta de lo muchísimo que les echo de menos a ellos también. Cuando estás acostumbrada a vivir con ellos, eres parte de esa familia, las risas a la hora de sentarse a la mesa, las pullitas de Maixent, las sonrisas cómplices con Charline y estar liada en la cocina con Jérémy, tomarme un café con el tío y las conversaciones permanentes con la tía, Eny & Javà y la naturaleza de allí. Una Nochebuena en familia realmente agradable y acogedora y sentirte como en casa, al igual que en Navidad. Pero aquí en París voy a llevar a cabo el propósito de sacarme la titulación del idioma, con el que no pensaba avanzar tan rápido la verdad sea dicha. Sigo fallando como una escopeta de feria con los verbos (las conjugaciones) porque son realmente difíciles, y los acentos a la hora de escribir (agudos, graves y circunflejos, vamos, el pan de cada día). El lunes 5 de Enero empezaré la academia.

El panettone de "cada día"...
La pena llegó el 31 de Diciembre, cuando una Nochevieja la pasas fuera de casa, con nadie de tu familia ni amigos alrededor. Para ellos Nochevieja no se celebra a lo grande, por lo que cenamos pollo con arroz blanco y una ensalada (pero ojo, merendamos un panettone de Pierre Hermé [uno de los pasteleros más famosos de Francia] de canela, naranja confitada y castañas glaseadas; un panettone de nada más y nada menos de 180€, creo que no comeré otra vez un panettone de ese precio en mi vida. No quería empapar todo de lágrimas pensando en que por la tarde empezamos con la locura de qué nos ponemos, qué nos hacemos en el pelo, ¡saca los maquillajes!, y oyes a la familia por abajo “oye que los canapés no se preparan solos!” para nosotros es un ritual completo (al igual que en Navidad en Levante, y como lo he hecho esto año en Lunas). A esto se le suma que, París está lleno de españoles y creo que se tomaron en serio eso de “la Reconquista” porque me pateé toda la ciudad y no encontré uvas, a lo que Marine puso el grito en el cielo “¡Mais tu es espagnole! Ma pauvre, tu ne peux pas faire Nouvel An sans tes raisins!” (“¡pero tú eres española! Mi pobre, tú no puedes hacer Nochevieja sin uvas!”) por lo que me preparó una cajita con doce uvas pasas (blancas, ojo…!) Y añadimos que quemé mi vestido (nuevo a estrenar,
París no es Venecia
negro, monísimo) de gasa con la plancha y se evaporó. Nada podía salir peor. Marine, ya más presa de la desesperación que yo se puso a buscar un vestido suyo (ella es muy delgada y alta) y me dejó uno negro elástico de Dior (más clásico pero bonito). Vamos que realmente empecé el año como si fuese una novia, con algo prestado, soy una catástrofe de los pies a la cabeza, eso no cambia, esté en España, Francia, USA o en Nambunbundia. Cuando estaba en la estación de tren esperando, hablé con mi familia (este año un poco dispersos también) pero contuve las lágrimas. Una vez en el tren (me disponía a ir a la Torre Eiffel para ver el espectáculo de luces), la única persona con la que iba, Ariana (una chica californiana), me dijo que no se encontraba bien. Si había dicho que nada podía ir peor, lo gafé. La sensación de vacío en un sitio inmenso como son los Jardines de Trocadero, lleno de gente, familias y parejas me estaba matando lentamente. Mi madre preocupada porque no me emborrachase y lo que hice fue fumarme casi un paquete de tabaco en unas simples horas.
No family, no party
El ambiente era espectacular, todo hay que decirlo: las luces, la gente cantando y bailando pero el frío no acompañaba. O a lo mejor el frío lo llevaba yo dentro, no lo sé, la verdad. Saqué mis pasitas y fui capaz de comérmelas sin derramar una sola lágrima, sabiendo que yo también faltaba a otros en muchas partes. Cuando terminó, eso era la catástrofe del Madrid Arena multiplicada por mil: cientos de personas queriendo salir por un cuadrilátero donde hay escaleras por todos lados y sí, tuve miedo (yo siempre pienso lo peor), y todas las bocas de metro estaban llenísimas. Me dispuse a bajar hasta Charles de Gaulle andando, porque total, nadie me esperaba ni llegaba tarde a ninguna fiesta y esperando al tren compré un Kinder Bueno doble (dos paquetes por 2€, me dije que por lo menos me iba a dar el gusto en algo esa noche) y me mantuve firme en que mi Nochevieja parisina no podría ser peor. Y es que una Torre Eiffel sin familia es ese día no es más que una torre vacía: iluminada y centelleante, pero realmente vacía. Las calles a las dos de la madrugada estaban completamente heladas y caminar por la acerca sin patines para el hielo era misión imposible. A las dos y media ya estaba en la cama con un frío glacial dentro del cuerpo, cerré los ojos miles de veces y no conseguí conciliar sueño, por frío o por pena; supongo que sería una mezcla química y explosiva de ambas.

Fanfarra austríaca
A la mañana siguiente, bajé las escaleras y nos felicitamos el Año Nuevo (por primera vez con besos y no dándonos la mano) y me preparé para ir a las fanfarras de los Campos Elíseos: cortan la carretera y hay una cabalgata enorme con gente de todo el mundo con sus banderas, música, animales, cabezudos, majorettes, payasos, enanos, orquestas, gaiteros escoceses y hasta un camión que portaba una pequeña pista de hielo. Si le sumo que hacía un sol increíble, puedo decir que sí que estuve contenta. Miré hacia el Puente de Alejandro, mi favorito de París: un puente con dos columnas a cada lado, coronadas con caballos dorados; me fijé en lo maravilloso que se veía, cómo brillaba con la luz de sol. Sonreí tristemente y me acordé del abuelo, haciéndome a la idea de que le tenía detrás y rompí a llorar con el sonido de las gaitas.
Los bauticé como "niños plumero"
Me senté en una de las fuentes verdes de Concorde y me di cuenta de que sólo fue una Nochevieja de mi vida, que París me está ayudando a conocerme a mí misma (el segundo propósito por el que vine a Francia) y que aún me queda mucho por crecer, por conocer, por reír, por llorar y por aprender. Que todos están lejos pero soy muy rica en familia y en muy, muy buenas compañías (unas quedaron muy atrás en los baches del camino y otras sin duda se han fortalecido notablemente): tengo una familia INCREÍBLE repartida por todos lados y unas amistades que a pesar de la distancia se siguen haciendo valer y por suerte, las amistades van creciendo en Francia. Que el 2015 sólo es un año más y que ojalá me aporte lo mismo que me ha brindado el 2014.


Año Nuevo siempre ha sido como un imán: en enero te atrae pero en diciembre, lo mires como lo mires, lo repeles. Pero a pesar de que los años, al igual que el tiempo, no tengan ningún tipo de garantía, Feliz Año Nuevo.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Homeless

Nobody told you how it was going to be. How hard, the pain you feel when you have nobody in a country that isn’t yours, the language that you can’t speak as much as you can. The difficulties you will have with a different family which you didn’t know at all. When you’re sad, nobody is here to give you some words, or smiles, whatever. You’ll finally feel alone and homeless. The worst thing about feeling lonely is when you have a lot of people in your entourage, but no one sees the efforts you got to do the whole time. The pain of a thousand needles in your back. It is that.

And regret. But I don’t feel regrets, honestly. Instead of me, there will be people who will have it. But not me. I thought it will be different, but it’s a pity considering all that you left in your country with all the problems in your family, to came into a place where you’re nobody and you have nothing at all. I felt like sparkling water when I arrived here, but right now, it’s like someone left the bottle open and all the gas just evaporated. I think that I did the much as I can, I gave my all to each member of the family and no-family that now I feel like a real family (I think I do not need to give names), friends, pets and everybody. I tried to make everybody happy, and I think the big part of the people tried to do it too. I think you too, but you don’t realize how much pain did your words and your insults.

I don’t mind what will people think. It is my life and I am the only one who can choose in it. I think in all the baggage I prepared four months ago and all the love I put into them. Now, I don’t have love but I don’t have hate. I hate a lot of things but I won’t hate you for it. I will just think in all the good times that I had here, the language I learned, the people I met, the food I ate (well, not all the food…), the smiles I gave and the smiles I received, the views I saw, the rain I felt and the sunsets at the mountain, all the good experiences I had here. I don’t want to full my luggage with sad times and tears, and I won’t do it. I can’t realize that it will be the goodbye. The last goodbye of what I consider a YEAR TO REMEMBER. I will write this to don’t have to write you a letter and then, another niece will come and you will want to show. I only deserve you to feel better and do the things that make you happy, don’t bitter. Life is so short to be angry, being shouting and unhappy. I hope you will find the peace you want to. And I want you to find it because I think you need it desperately. I want you to know that I love your children, but they’re not the only children in the world. I talked many times with my siblings and you don’t know how hard it is when they tell you to come back crying. A little five aged girlie who cries in the airport because she doesn’t want her eldest sister to go far away. When a little boy goes to your bedroom and asks why his sisters left him alone. Yes, I am not a mother, as you said, but I feel like I am; I know that it’s not the same.


Maturity it is a word that has a lot of terms and conditions but I won’t let you call me immature, that it is go so so so far away. And I will want you to see any of your children in the same position that I am. I came here to help you, to be happy with you, to enjoy all of you. I did it, but not in all the terms. I am so grateful for you, you both had me here and let me know a lot of things. But now, in this very moment I feel homeless. Yes, homeless. And I will never want you to feel it. And I won’t say “I am sorry” anymore because I’m tired of say it when it wasn’t my fault, so, this time maybe it is, but I won’t say it. I feel… Frustrated because I thought that your illness wasn’t so strong to make me go. 
But all I will remember is “that year I moved to France but it was finally four months”.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Guardián

Siempre guardaba pensamientos. O sentimientos. Cuántas veces había desechado ideas por tener que doblarlas y guardarlas. Cada una de las historias habrían señalado, marcado sus puntos inflexibles, su vida. Se vio guardián de historias.
Lejos de todo y de todos, cuando sólo valdría la pena el volver. O no. Cuando se dio cuenta de que nadie es imprescindible para nadie. Que cuando no llamas a la puerta de otros, otros no vendrán a llamar a la tuya. Porque es más fácil olvidar que tener que afrontar. Guardián de puertas. Que las palabras se las llevaba el viento, o aquellas personas que ya no se acordaban de él. Que el vivir lejos ayuda, pero también traiciona, esconde, miente. Que ni todas las Caperucitas son buenas ni todos los lobos son malos.

Sentirse desorientado, caótico, impulsivo. La impulsividad le caracterizó durante cada día, mes y año de su vida. Que las decisiones al vuelo se convertían en las acertadas más veces que las tomadas con cautela. O no.  Los momentos efímeros o los inventados. Guardián de desastres.
Cerró los ojos ante un cielo frío y estrellado de noviembre. Pensando que no había malgastado los días, sino invertido en experiencias. Que a pesar de los fracasos, había muchas batallas ganadas y otras muchas por ganar. Que lo importante no era participar. O sí. Él siempre había pensado que las batallas perdidas eran experiencias ganadas, aunque detestase perder y lo reconociese abiertamente. Que nunca había soportado que le dijesen que lo importante no era ganar, porque siempre creyó que era la frase favorita de los perdedores. Guardián de lástimas.

Que tras mucho tiempo, no es que perdiese el interés en “su propia cruzada personal”, pero que la vida era demandante y no iba a dar razones. Que los días grises, la falta de calma y la riqueza de sombras le supuso sacar un sentimiento enterrado entre muchos otros bajo capas y capas de problemas, responsabilidades y faltas. Guardián de desgastes. Que en una de esas veces no podría sacudirse del abrazo de la melancolía y desahogaba porque llevaba un nudo lleno de dolores. Guardián de soledades.

Porque no importó cuánto daño hubiese acumulado, ya que siempre había un espacio para más. Las heridas que siempre hacían los más cercanos, que casualmente eran los que más le sorprendían, fueron las que más se clavaron. Quizás por esa facilidad que tenía para abrirse a la gente que sólo parecía causarle más dolor. Precisamente la familia que te conoce es la que más puede dañarte. El dolor adoptó formas diversas: una punzada, una leve molestia, dolor sin más… Había dolores con los que había convivido a diario, pero hubo algunos que no pudo ignorar, algunos que borraron los demás y otros que le hicieron pensar hasta qué punto el mismo también habría hecho daño. Cómo enfrentarlo dependió de él: anestesiarlo, aguantarlo, aceptarlo, ignorarlo… Sí, para algunos la mejor manera de enfrentarlo sería seguir viviendo. Sólo habría que aguantarlo, esperar a que se dispersase y que la herida cicatrizase. Igual que para el dolor de la vida, donde no había soluciones ni respuestas sencillas, sólo podría respirar hondo y esperar a que se calmase. La mayoría de las veces el dolor se alivió hasta que llegó el que menos esperaba. Aquel que da el golpe bajo y no le dejaba levantarse, avanzar. Que no habría ni olvido ni perdón. Ya no era guardián de perdones.


Pero eso lo más difícil era aprender a aceptarlo, porque lo cierto es que nunca te abandona y la vida siempre lo acrecienta.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Fallos

Los excesos siempre fueron lo suyo. Sobre todo los excesos de pensamientos. Y por las noches. Era otra persona, completamente distinta aquella que se levantaba de la que se acostaba.

Debía decidir. Debía decidir cuando su mente la decía que renunciase pero su corazón gritaba en silencio un último intento. Sentía que le dolía entre la tercera y la cuarta costilla. El dolor se había anclado ahí y le costaba respirar. Le dolía pero seguía adelante, sin mirar atrás, pasase lo que pasase, costase lo que costase. Había luchado y se había golpeado contra el mismo muro cientos de veces, pero el último choque frontal contra el muro había devuelto con un gancho haciéndola reaccionar: vivir en el pasado preguntándose si algo podría haber sido diferente, si quedaba algo, lo más mínimo por hacer, si existían las oportunidades para ella por mínimas que fueran… El golpe le abrió los ojos a un presente completamente diferente y reconoció que ahí, ahí mismo debería estar. Que el equipaje no estaba hecho, pero eso no la iba a detener.


No había nada definido y sabía de la existencia de recuerdos y cosas que dolerían por siempre. Se deshizo de la llave que cerraba un cajón con el letrero “olvidar no es fácil”, puesto que ya no quería olvidar más. Ya no habría más curiosidades, sino hechos. Que la curiosidad había matado más ilusiones que gatos. Quería invertir. Invertir en vida, sin cambiar un pasado amenazante que la asediaba. Que haber dejado a muchas personas (o que muchas la hubiesen dejado) le abrió otros campos por descubrir. Campos más verdes y cielos más azules y flores más rojas. Se mantendría fuerte, pasase lo que pasase, aunque se equivocase: ya sabía que la vida le demostraba que podía fallar. Llegó el día donde se veía fuerte para decir “sé que puede valer la pena”, a pesar de tener que esperar. Ya estaba cansada de haberse preocupado en vano por nimiedades, siempre complicando lo más simple.

La vida nunca le negó nada. Sólo susurraba “espera”. Ella, tan impaciente, nunca escuchó bien. Pero ahora lo hacía. Dejaba de lado el miedo y hacía lo que deseaba. Tanto tiempo con los ojos cerrados a las cosas que no que no quería ver le había impedido abrir el corazón a lo que podía sentir. La vida le iba enseñando poco a poco quién sí, quién no y quién nunca. Había aprendido a resistir: sabía cómo empezar de cero. No tendría paz interior mientras el control de su vida estuviese fuera de ella misma.  “El mejor guerrero no es el que triunfa siempre, sino el que vuelve sin miedo a la batalla”.


Y realmente, lo más insignificante, le cambiaba la vida. Así, rápido, en un abrir y cerrar de ojos: las cosas pueden cambiar de un año a otro, de un mes a otro, incluso en un día, en una hora. Las cosas pueden cambiar en un abrir y cerrar de ojos. No lo esperaba y ocurrió por casualidad. Nada se construía para la eternidad. Se embarcaba en un viaje largo, sin planear y sin mapa. Marcharse sería difícil… Porque irse es difícil… Hasta que te marchas. Y entonces vería que no era para tanto. Que era más fácil de lo que imaginaba.  Aunque su rumbo señalase a un futuro jamás imaginado. Admitió. Aceptó. Sufrió. Superó. Olvidó. Recordó. Una carcajada escapó a la velocidad de la luz desde su garganta. Sí. Rió.